Martha León recuerda: hacer “Hombres del Campo” junto a Leo Matiz
Por Martha León
Voy a platicar de los libros que he hecho, especialmente del libro de los hombres del campo, de Leo Matiz. Originalmente, mi amigo Pedro Hoth me comentó acerca de este proyecto, que estaban buscando a alguien que hiciera un libro sobre el campo de México. Cuando me entrevisté me comentaron que era un libro básicamente sociológico. Fue justo en esos días cuando Jaime Navarro me mostró algunas fotos de Leo Matiz y me platicó de el. La obra de Leo Matiz me sorprendió muchísimo: tenía la calidad fotográfica y el ojo de figuras como Álvarez Bravo o Gabriel Figueroa, artistas que en los años cuarenta manejaban muy bien la luz y las sombras, de una manera sumamente interesante, tanto en el cine como en la fotografía.

Cuando finalmente conocí a Leo Matiz, me pareció también muy atractiva su formación. Era colombiano, de Aracataca, el mismo lugar de origen de Gabriel García Márquez. Supe entonces que, además de fotógrafo, había sido caricaturista y galerista —de hecho, fue el primer galerista de Botero, en la época que Botero dibujaba figuras delgadas—. Existen fotografías de ellos juntos enlaces galería de Leo Matiz en Colombia.
Leo Matiz llegó a México en los años cuarenta y se integró rápidamente a toda la vida artística de vanguardia de la época: los muralistas, Frida Kahlo, Gabriel Figueroa y grandes artistas del cine en aquel mundo tan rico. También empezó a hacer periodismo en México, fotorreportajes; por ejemplo, viajó a las Islas Marías a documentar cómo vivían ahí, haciéndose pasar por un preso para lograrlo. Así era Leo Matiz: se consideraba ciudadano del mundo, tenía un pasaporte de la ONU y podía estar en cualquier lugar del planeta.
Más allá de ese carácter aventurero, lo que me interesó de Leo Matiz fue su acercamiento genuino con la gente del campo. No solo fotografiaba el glamour de quienes brillaban en sociedad, también retrataba a pescadores y campesinos. Cuando conocí ese trabajo suyo, decidí que el libro debía ser un libro de artista: solamente fotografías de Leo Matiz, todas en blanco y negro y, más aún, en duotonos. Para lograrlo, hice pruebas en distintas imprentas hasta asegurarme de que pudiéramos alcanzar la altísima calidad que exige el blanco y negro, porque un libro de fotografía sin esa calidad termina siendo mediocre en la reproducción de las imágenes.
Finalmente, las personas que me contrataron para el proyecto aceptaron mis condiciones: que fuera solo de Leo Matiz, solo fotográfico y en blanco y negro. Nos fuimos a la mejor imprenta del mundo, en Japón —Dai Nippon—, para hacer los negativos y los duotonos, y el libro se imprimió en Corea. Todo el proceso duró alrededor de un año, y trabajar codo a codo con Leo Matiz fue fantástico.
Al principio, Leo Matiz pasaba todo el tiempo en el campo con Jaime Navarro, quien se encargó de la edición fotográfica inicial. Pero cuando Jaime se fue de viaje, Leo y yo retomamos su selección y trabajamos en el piso durante horas y días, armando un nuevo orden que tuviera la coherencia de una película: desde el inicio de la siembra hasta la cosecha, pasando por todo el mundo alrededor de los campesinos, hasta llegar a la parte del campo domesticado, con los grandes tractores, invernaderos y fertilizantes. Al final quedó un libro realmente muy bonito, un libro de artista, un libro de arte.
Hay también una parte entrañable de esa época: mientras hacíamos el libro, yo tenía que recoger a mis hijos —entonces muy pequeños— en la escuela, y Leo Matiz me acompañaba. Preguntaba dónde íbamos a comer, y cuando le decía que en casa solo había sopa de fideo y albóndigas, él insistía en quedarse a comer con mi familia. Otras veces me pedía que lo llevara a comer taquitos. Era una persona que gozaba la vida, el amor, la alegría; gozaba todo.
Para mí fue un privilegio estar cerca de alguien que había vivido tan intensamente y que, además, dejó un trabajo de altísima calidad que hoy lo distingue como uno de los grandes fotógrafos del mundo. Basta decir que Leo Matiz tiene obra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Palacio de Bellas Artes de México.

Carta de presentación
Decidimos realizar este proyecto para honrar y reconocer el esfuerzo que han hecho siempre los hombres del campo mexicano.
No podemos olvidar que, a través de sus costumbres, estos hombres nos dan orgullo, firmeza, amor por nuestra tierra, sentido de pertenencia, noción de patria, en síntesis factores claves de identidad nacional.
Los hombres del campo son hombres de principios, de esfuerzo, compromiso y, sobre todo, aman a la naturaleza, de ahí su gran nobleza. Pero tenemos que reconocer que requieren hoy capacitación, ayuda, confianza e impulso de los demás mexicanos.
Es nuestra responsabilidad retomar los valores de los hombres del campo y adecuarlos a nuestra visión de cara al próximo milenio.
México, hoy se encuentra inserto en un mercado altamente competitivo a nivel internacional, en donde la eficiencia y la productividad juegan cada vez más un papel protagónico. Por ello es indispensable que todos los que participamos en la cadena alimenticia cambiemos la concepción de la agricultura, para poder alcanzar la autosuficiencia alimentaria de los mexicanos, incrementando la rentabilidad agrícola y mejorando substancialmente la calidad de vida de los hombres del campo y sus familias.
Por las páginas de Los Hombres del Campo desfilan imágenes de ayer y de hoy. Rostros, manos y paisajes; testigos de nuestra geografía, rica y vasta; de la hermosa y compleja naturaleza humana.
Agradecemos a todos los que hicieron posible este libro y en especial a nuestro amigo Leo Matiz, quien puso el espejo de su arte al servicio del México más hondo, más esencial.
Finalmente, deseamos que estas imágenes sean un recordatorio de nuestro compromiso social como mexicanos.
Grupo Fertinal
Los Hombres del Campo – Guterre Tibón
Existe una diferencia fundamental entre el hombre del campo y nuestros conciudadanos dedicados a otros menesteres. El hombre del campo conserva su cotidiana relación con la naturaleza. Su trabajo empieza con la primera luz del alba. No hay duda de que es en favor de todos. A su nivel está la tierra madre, nuestra nodriza. Él vuelve su mirada al sol, al cielo, a las nubes: en ellas ve sus aliadas omnipotentes, amadas y temidas.
¡Qué error cometen los que consideran las labores del campo como una actividad inferior, de la cual para su dicha se han liberado! Olvidan que los granos de trigo y de arroz (entre nosotros las benditas mazorcas de maíz) son la base del sustento general, y por ello estas labores son una actividad humana de índole claramente superior.
El hombre del campo no conoce una vida tranquila y despreocupada, y tampoco su compañera, quien lo asiste en varias tareas. Una de ellas es arrancar cuidadosamente las malas yerbas del sembrado. Hay más circunstancias, previstas o imprevistas, que amenazan la cosecha: a veces es la sequía, otras su opuesto, las lluvias torrenciales. Ambas requieren una pronta acción de salvamento del trabajo ya realizado. Característica del hombre del campo es su constancia en el esfuerzo.
Desde hace siglos el buey y su contraparte femenina, la vaca, le ayudan al campesino en el arado del campo. El poeta italiano Josué Carducci nos ha dejado un célebre soneto en el que exalta al buey, cuya traducción literal es como sigue:
Te amo, piadoso buey, y emites un sentimiento
de vigor y de paz al corazón me infundes.
Oh que solemne como un monumento,
tú miras los campos libres y fecundos.
Al yugo inclinándote contento
la ágil obra del hombre grave secundas:
él te exhorta y te punza, y tú con el lento
giro de los pacientes ojos respondes.
El hombre del campo cuida su corral y nos ofrece el lujo de los huevos de gallina. Cada uno es un prodigio de euritmia por su forma, su blancura y su doble contenido: el transparente albumen y la
dorada yema, que los latinos llamaron gemma, “piedra preciosa”.
Es indudable el hondo significado que el hombre del campo conserva en nuestra vida. La leche, caliente o fría, es siempre bienvenida; además, tiene un sinnúmero de deliciosas derivaciones. Entre ellas sobresalen los quesos: más de doscientas distintas variedades, todas de diferente exquisitez.
¿Y cómo olvidar la hortaliza que cultiva, verduras de grato sabor y distinta consistencia, que se exalta con una pizca de yerbas aromáticas como el perejil y el picante chile?
Se anuncia la tenue luz rosada del alba. El horizonte se enciende; su luz ya es coralina y abre sus brazos para recibir al gran iluminador del mundo. El sol lleva a cabo su admirable ritmo cotidiano, más intenso y extenso, con la misma perfección de hace u n millón de años. Ahora la humanidad, que en este lapso ha salido de su triste condición simiesca, puede asistir al diario milagro cósmico matutino, con sus luces y colores que ya nos pertenecen. Pero la gente duerme el mejor de sus sueños y ni siquiera en sus sueños lo ve.
Sólo el hombre del campo, el cultivador de la tierra, goza día a día la maravilla del amanecer. Su horario de trabajo empieza con la vivificante luz del sol y dura hasta el atardecer, totalmente distinto, como si perteneciera a otro mundo. Es un indescriptible baño de oro y malva que sólo dura algunos minutos antes de que el sol se hunda en Chihuatlán. El que esto escribe visitó el “lugar de las mujeres” dos veces para contemplar cómo el señor del día se oculta en las profundidades de mar de Jalisco.
Este siglo ha sido innegablemente propicio al hombre del campo con el avance general de la tecnología. Ya lo vemos al volante de un arado mecánico o de una excavadora superficial que le permite abrir docenas de perfectos surcos paralelos y gratificarlos con el agua, en el ritmo ahorrativo que se impone.

Álvaro Mutis, Gutierre Tibón, Antonio Saborit, textos. Martha León, edición y diseño.
Fertinal / Martha León
Corea, 1997
144 páginas, 128 x 28 cm
5,000 ejemplares

